Ayer, Madrid.
Ayer vi a un hombre que parecía sacado de un cómic de Tintín -chaqueta verde, pantalones marrones, anteojos y un enorme mostacho; si me hubiera dicho que era compañero de investigación de Tornasol me lo hubiera creído- que farfullaba extrañamente y con muchos aspavientos contra los locales mientras la grúa procedía a llevarse su escarabajo de color amarillo, que estaba estacionado en el paso de peatones de Princesa con Plaza de España, impidiendo la entrada al carril bus.
Segundos más tarde, una vez había cruzado el mencionado paso de cebra, me fijé en otro hombre, ataviado con un chándal azul, un chubasquero del mismo color y unos zapatos de vestir marrones que no me hubiera llamado la atención si no fuera porque enarbolaba una zanahoria con su mano izquierda mientras con la derecha se pintaba los labios con una barra color rosa abuela.
Por si esto fuera poco, al bajar al metro presencié como un sujeto, al oir que el tren llegaba al andén bajaba las escaleras corriendo mientras gritaba “Ah! Ah! Ah!” como si le fuera la vida en ello. Su acompañante llevaba una bufanda del Madrid, dato tan necesario como irrelevante.
Madrid nunca dejará de sorprenderme.
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Cuando digo ayer, me refiero al sábado, seis de marzo de dosmildiez. Y es que subí este texto a mi facebook y me acabo de dar cuenta de que en realidad tendría que haberlo puesto aquí. Las redes sociales, que todo lo acaparan. Mil perdones.



