” Dame un respiro, mamá, que no hay en la vida nada como el coñazo de estar coja en Granada”
Y con esta reinterpretación personal de la popular frase de Francisco de Icaza, que acostumbra a estar reflejada en ceniceros o placas de fajalauza, creo que se pueden resumir perfectamente mis Navidades.
Esta ciudad, que está pensada para andar, para perderse por sus calles, para irse de compras, para ver a los amigos mientras tomas unas tapas aquí o allá, se convierte en una trampa si no dependes de ti mismo y necesitas que te lleven en coche a cualquier lado -y más ahora con las obras, qué jaleo-. También es difícil hacer comprender a los padres que aunque ellos no lo crean, eres responsable y no vas a salir a correr en cuánto ellos se den la vuelta, entre otras cosas porque es a ti a quién duele.
Estar en casa, que sería la otra opción, puede seducirte unas horas, un rato, un breve periodo de tiempo -especialmente si llueve-, pero a estas alturas ya ni apetece leer, ni apetece ordenador, ni televisión, ni mp3.
Resumiendo, quiero salir, ir de compras, subir corriendo las cuestas del Realejo, hacer un montón de fotos, tomarme unas tapillas, chocolate en el Café Fútbol y, como siempre, hacer el pino con las orejas, pero ahora mismo es todo una utopía… incluso lo del pino.
¿La operación? Bien, gracias.







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